Por Santiago Francisco Hegoburu-.Había comenzado a rodar el año 1924 y el 17 de enero, Isolina Angélica Rasera Spelzini (a posteriori, mi madre) cumplía siete (7) años. Su padre, Francisco Rasera Biocca (finalmente convertido en mi abuelo) aprovechó la oportunidad para invitar a su tercera hija (después tendría dos mas) a que juntos concretaran lo que en esos años era un precepto y norma anhelada de vida a cumplir, Plantar un árbol. Siempre me contaba mi madre que era un pequeño gajo que plantaron en la mitad del camino de acceso a la casa desde la ruta 31 (casa ubicada en el centro de una quinta, en ese tiempo, de 18 hectáreas), camino formado por dos hileras de árboles, no recuerdo cuales, pero este fue el único eucaliptus, al que cuidaron y protegieron con mucho cariño.
Vio crecer y desarrollarse la ciudad, mi madre me contaba que cuando ella iba a la escuela 8, debía cruzar lo que hoy es Villa Progreso, y en ese tiempo era todo campo y lo hacía por la calle Pellegrini, que era la calle abierta, cuando llegaba a la estación de tren, llegaba a la civilización.
Fue testigo de la alegría y el festejo popular ya que a ese lugar íbamos a ver pasar las insuperables “cupecitas” en las carreras de turismo carretera cuando se disputaba la Vuelta de Rojas, fines de los 50 y década del 60. En este lugar de la ruta 31 (creo que en esos tiempos aun de tierra) y calle Fortín Mercedes se juntaba mucha gente y nunca faltaba quien, aprovechando esta situación, bajo su copa colocaba unas grandes bandejas de chapa, que en esos años utilizaban las panaderías para cocinar el pan en los hornos de leña y cocinara unos espectaculares chorizos a la pomarola, que devorábamos en sándwich. Posiblemente haya sido mojón indicador de los corredores para marcarles cuanto faltaba para llegar a la ruta 188 y seguramente muy tenido en cuenta por el famoso avión que seguía el recorrido de la carrera.
Brindo amparo bajo su sombra durante años a una yegua vieja de más de veinte años y ciega, que era la que se utilizaba para sacar agua para la bebida de los animales por medio de un malacate.
Fue miembro integrante de una historia popular de Rojas de los últimos 30 a 40 años y de la que aun hoy se cuenta, la del Monte de la Vieja del Hacha, historia de la cual soy responsable de su final cuando en 2008 hice desmontar y desmalezar la totalidad del predio, prohibiendo expresamente que se tocara al eucaliptus, en respeto a la memoria de mi madre y a la imponencia del mismo.
Bajo su protección, cobijo y amparo, tuvieron momentos de compañerismo, alegría, amistad, felicidad y amor muchos jóvenes de Rojas, que seguramente aun hoy recordaran con cariño.
Bajo su presencia transcurrió la vida de una familia, como tantas otras de Rojas, de la primera mitad del siglo pasado, fue testigo de sus sueños, de sus logros, de sus éxitos, de su decadencia, del aprovechamiento de los “vivos” y de sus fracasos. Mi abuelo (al que no conocí) murió joven, quedo mi abuela (una italiana muy áspera) a cargo del manejo de la quinta y de criar a cinco hijas mujeres, tarea que cumplió bastante bien. Mi madre se casó y se fue de la quinta, sus hermanas con el tiempo, alquilaron una casa en la ciudad y también la dejaron.
Fue participe del dolor familiar cuando en 1956 falleció mi abuela. Yo contaba con apenas cuatro años de edad, pero quedo grabado en mi memoria el recorrido de esa calle de la quinta en los carrozas fúnebres, ampulosas, las dos negras, brillantes, tiradas por unos inmensos caballos negros (creo eran cuatro caballos en cada una), que conformaban el servicio de sepelio que prestaba la Casa Hegoburu, propiedad de Pedro Hegoburu.
Conoció la desesperación y frustración del productor agrícola cuando en 1964, a días de cosechar un trigo espectacular cae una intensa granizada y deja la quinta como si le hubiesen pasado una topadora.
También fue testigo presencial de las mezquindades humanas. Acá empieza la historia de los “vivos”. En la quinta, además de la vivienda familiar, en sus límites habían construidos tres viviendas, que allá por 1940-1950 alquilaban y con las leyes de ese momento, de inquilinos, pasaron a usurpadores. Mis tías, en los años 70, alquilaron la quinta para su explotación agrícola, a un chacarero de Rojas, que siempre les pago muy poco y mal, que no cumplió con la responsabilidad de inquilino de cuidar el bien alquilado y que por omisión (porque no tengo ninguna otra prueba) permitió que se robaran, la casa familiar, un galpón, un palomar, todo lo cual demolieron y se robaron hasta los cimientos y un monte de acacias de unas 3 hectáreas. Esto ocurrió en la segunda mitad de los 70 y principio de la década del 80.
Conoció la prepotencia del gobierno de turno. Hace un poco más de una década, conoció lo que fue una forma de gobierno que afecto a todos los argentinos, donde la prepotencia, la falta de respeto al otro y a la propiedad del otro, la obnubilación que da el poder mal empleado, llevo a que el gobierno municipal de ese entonces, sin mediar pedido de permiso ni comunicación previa alguna, haciendo uso de un derecho que no tenía, enviara las máquinas y empleados municipales a abrir un camino por mi quinta, rompiendo alambrados y sembrados, además de colocar un cartel sobre la ruta 31 invitando al público a transitar por el para visitar la perrera municipal. Por suerte, unos años después, nuevas autoridades municipales, ejerciendo el poder como corresponde, hicieron caso a mis reclamos y desarmaron ese camino y reconstruyeron el alambrado a sus límites normales.
Hoy, a los 101 años de vida, se lo ve fuerte, robusto, con ganas de continuar acumulando historias de la vida de Rojas y sigue siendo de utilidad, protegiendo del tremendo sol de este verano 2025 a esos dos caballos que se ven en esta reciente foto, (que obtuve gracias a la colaboración de Jorge Turchi), como a también a los equipos de trabajo y personal del Gringo Mai cada vez que tiene que ir a realizar trabajos agrícolas a ese lugar.

