24/4/2019 | 12:52         
ARGENTINA-MUNDO
La Carolina: cómo perdurar en el tiempo, lejos de la fiebre del oro
Desde Potrero de los Funes, uno de los puntos de mayor turismo en la provincia de San Luis, hay que recorrer unos 70 kilómetros para llegar a La Carolina, un pueblito de piedra detenido en el tiempo. Entre el zigzag de la ruta se arriba hasta sus 1610 metros de altura, que lo convierten en la localidad de mayor altitud de la provincia. Dependiendo el horario, poca gente y muchos perros le darán la bienvenida.
La Carolina: cómo perdurar en el tiempo, lejos de la fiebre del oro

Desde Potrero de los Funes, uno de los puntos de mayor turismo en la provincia de San Luis, hay que recorrer unos 70 kilómetros para llegar a La Carolina, un pueblito de piedra detenido en el tiempo. Entre el zigzag de la ruta se arriba hasta sus 1610 metros de altura, que lo convierten en la localidad de mayor altitud de la provincia. Dependiendo el horario, poca gente y muchos perros le darán la bienvenida.

Recostado al pie del Cerro Tomolasta, este lugar es bañado por el arroyo La Carolina y el río Las Invernadas, que se unen formando el río Grande. Es un antiguo pueblo minero fundado por el marqués de Sobremonte en 1792, y si bien por muchas décadas lo que brilló fue el oro con unos 3 mil habitantes, hoy su tesoro más deseado es la tranquilidad, el silencio y los paisajes maravillosos. Los vecinos no superan actualmente los 300.

Entre calles de tierra y empedradas, este sitio supo de la prosperidad en el siglo XIX, cuando el descubrimiento de una minera generó una temprana “fiebre del oro”, en busca de extraer el metal para exportarlo a Chile y acuñar monedas. Se cuenta que en aquellos tiempos de bonanza, todo un contraste con la soledad de hoy, había en el corazón de la montaña vetas de oro más gruesas que el brazo de los propios mineros.

Si bien la historia cuenta que hacia 1785, Don Tomás Lucero encontró oro en aquel sitio perdido entre los cerros, fue a partir de su fundación cuando la fiebre dorada pasó a ser directamente una epidemia. Al lugar llegaba gente de distintas zonas del país y la voz se había corrido hasta Chile. Es por estos años cuando entra en escena el aventurero portugués Jerónimo, de quien la historia no se encargó de guardar el apellido, y que para muchos fue el primer afortunado en descubrir la fabulosa riqueza del cerro. Aunque, como ya se dijo, su alegría contagió a cientos de curiosos que se instalaron en la zona en busca del oro. Pero no todo brilló aquí, ya que sin reglas unos se robaban a otros o sencillamente se mataban.

Allí fue cuando intervino la “corona española” y monopolizó el robo del producto que daba la mina. El 70% de lo que se sacaba viajaba hacia el viejo continente. Y cuando llegó la Independencia, una empresa inglesa fue la que se hizo cargo de la mina, y los pirquineros -la persona que realiza las labores de extracción de mineral en forma artesanal y generalmente de manera independiente- siguieron excavando las rocas aunque esta vez el resultado no viajaba a España sino a Londres.

La mina en la actualidad, ya no funciona, aunque no faltan quienes aún tamizan las aguas del río en busca de alguna pepita. Y la suerte no siempre es esquiva: es posible con tiempo y esfuerzo encontrar algunas pistas del valioso metal que entregan las entrañas del cerro Tomolasta. Pero el verdadero tesoro es el paseo por el pueblo íntegramente en la misma piedra gris que se extrae del cerro, y también el recorrido por las galerías desactivadas de la mina, que organiza una agencia local. Es posible internarse unos 300 metros en las galerías, bien equipados con botas y cascos, hasta experimentar la oscuridad total de la profundidad de la mina.

MUCHO PARA VER

Una vez fuera, son muy lindos para recorrer tanto el pueblo, con sus calles vacías bordeadas de casitas de piedra, como las grutas y cascadas de los alrededores. Una visita interesante es el Museo minerológico El Condor, un paseo entre piedras de distintos colores, contextura y precios. Algunos optan por llevarse un recuerdo a sus casas y otros guardan sus pesos para la próxima aventura.

Entre las joyas arquitectónicas del lugar, resaltan una de las primeras casas donde funcionaba un almacén que era utilizado por los mineros para intercambiar oro por mercadería y dinero. Enfrente, hay otra casita que resistió a la embestida de los malones ranqueles de 1834 y donde luego se instaló la primera oficina de correo. Y por las calles escalonadas e irregulares, se llega a la pequeña plaza central. Frente a ella se levanta la Iglesia construida en piedra, que alberga entre sus paredes figuras religiosas intactas y tiene su campanario exterior al cuerpo del edificio.

A tan solo dos cuadras del casco de La Carolina está el Museo de la Poesía, creado en honor al poeta, filósofo y maestro argentino Juan Crisóstomo Lafinur, nacido aquí. Más de 1.700 manuscritos y 900 obras poéticas se exhiben en esta singular biblioteca, y puede verse allí mismo la construcción original de la casa de esta leyenda puntana, tío bisabuelo de Jorge Luis Borges.

El museo se levanta a orillas de un arroyo y sobre la ribera de enfrente, un laberinto de piedras al estilo de ruinas de una cultura prehispánica, es tributo a la obra de Borges. Y algo más allá, hay un ajedrez en granito, inspirado en el poema que el autor del Aleph le dedicara a Lafinur, muerto a los 26 años, luego de que el caballo que montaba se desbocara. En un extremo de esta obra, está la tumba del poeta puntano.

TU GUÍA

Cómo llegar
Desde San Luis capital o desde Potrero de los Funes se llega hasta La Carolina por la ruta provincial 9 tras recorrer unos 70 km. El camino es asfaltado y rodeado de lindos paisajes.