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(Panorama Político Bonaerense) Alianzas, diferencias y trapitos al sol
Sergio Massa terminó de solidificar su apuesta “táctica” por margarita Stolbizer mientras espera la evolución de la disputa todavía larvada entre la “resistencia” y la “renovación” en el peronismo provincial, la tensión apareció en un sector en el que pocos la esperaban: el oficialismo...

11/9/2016 | 20:15
(Por Andrés Lavaselli alavaselli@dib.com.ar).- Al cabo de una semana en la que Sergio Massa terminó de solidificar su apuesta “táctica” por Margarita Stolbizer mientras espera la evolución de la disputa todavía larvada entre la “resistencia” y la “renovación” en el peronismo provincial, la tensión apareció en un sector en el que pocos la esperaban: el oficialismo, donde la estrategia para lidiar con el Conurbano terminó de desnudar una interna que atraviesa el corazón de PRO y se superpone a las idas y vueltas con el radicalismo.

El acercamiento que Stolbizer y Massa profundizaron en Parque Norte les conviene a ambos. Al tigrense, porque lo muestra cerca de una líder “ética” en momentos en que la corrupción es un tema. Y porque le permite estirar definiciones sobre su relación con el resto del peronismo. A Margarita, porque los elogios con los que la arropó el massismo terminaron de convertir su compañía en un activo político. Todos la buscan, aunque no todos con la misma eficacia, como lo demuestran las fotos que se sacaron con ella Mauricio Macri y María Eugenia Vidal también por estas horas, imágenes que no se tradujeron en ningún acuerdo y por contraste resultaron tal vez contraproducentes.

Pero mientras Stolbizer y Massa amurallan un espacio provisorio para el crecimiento mutuo, en el peronismo provincial se produjo tal vez la foto más importante desde la derrota de diciembre: la protagonizaron los intendentes “dialoguistas” del llamado Grupo Esmeralda y algunos de los gobernadores “nuevos” de esa fuerza, junto a un par de líderes parlamentarios importantes. Fue el disparo de largada para la construcción de lo que en ese ámbito se comenzó a llamar la “segunda renovación” del peronismo, que busca producir en 2017 el mismo efecto que el cafierismo en 1987, tras la derrota de 1985.

Para sus protagonistas el encuentro fue un logro, pero el armado aún es incipiente. Aunque está claro que allí todos quieren cerrar la página del liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner, nadie sabe cómo resolver la “horizontalidad” relativa que los define. Justamente, esa falta de conductores universalmente reconocidos permitió en las últimas horas que un sector cercano pero diferente, en el que revista Fernando Espinoza, el presidente del PJ bonaerense, amenazara con meter una “cuña”.

Enfrente, está la porción del peronismo cercana a Cristina Kirchner, que sobre el final de esta semana estuvo exultante por el éxito de la Marcha Federal. Esa iniciativa agrupó a sectores diversos y fue convocada por sindicalistas, algunos de los cuales eran hasta ayer anti K. Pero tributa a un clima de opinión que no quiere saber nada con Macri y por lo tanto le conviene a los K. No parece casual la presencia de Daniel Scioli –y de otros que habían faltado a la menos presentable marcha de la Resistencia- en la movida.

TRAPITOS AL SOL

Mientras, en el oficialismo quedó groseramente al descubierto la interna entre el jefe de Gabinete, Marcos Peña y la gobernadora Vidal, por un lado, y el sector filo peronista que se nuclea en torno al presidente de la cámara de Diputados, Emilio Monzó, por otro. Son jugadores de primera línea: Vidal y Peña son la expresión más pura posible del macrismo, Monzó, el cerebro detrás del armado territorial previo a la conquista del poder, el año pasado.

La desavenencias son de forma pero acaso también de fondo. Monzó está preocupado por el costo social de las medidas que viene implementando Macri y alerta sobre su potencial impacto negativo en las urnas el año que viene, cuando en la provincia se juegue buena parte de la suerte de la experiencia de poder de PRO. Al mismo tiempo, el presidente de Diputados cuestiona el manejo político del territorio bonaerense, al que considera “liviano” y centrado poco más que en los “timbreos”.

Antes de que trascendiera el fastidio de Monzó, Vidal, junto con su ministro de Gobierno, Federico Salvai, había tenido una reunión reservada con los armadores “sin tierra” de la primera y tercera secciones. Son los líderes propios que trabajan en distritos del Conurbano que no gobierna Cambiemos. Allí, se habló de la “desestabilización” del kirchnerismo duro, pero también se planteó el desafío que representa el Grupo Esmeralda, cuyos miembros “en público te abrazan y después te clavan el puñal”, según una definición de uno de los participantes.

La gobernadora se puso furiosa con la filtración del contenido de ese mitin y, aunque exigió silencio, no pudo evitar que trascendiera y quedara flotando en el aire una idea: en PRO ahora desconfían que se produzca un pase significativo de dirigentes peronistas del Conurbano a las filas de Cambiemos. Es algo que hasta hace pocas semanas se alentaba desde la cúpula del gobierno, donde incluso señalaban a Joaquín De La Torre como el encargado de terminar de ponerla en práctica.

Esas internas –y esos chisporroteos en la estrategia- son nuevos, al menos para el gran público. Aparecen justo cuando parecía domado el malestar del radicalismo por su baja incidencia en la marcha del gobierno. Pero tal vez ese frente tampoco esté cerrado del todo: ahora los radicales encontraron en el nombramiento del reemplazante de Juan Carlos Hitters en la Suprema Corte un nuevo motivo testear cuánto los tiene en cuenta Vidal.

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