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(ESPECIAL-DÍA DE LA MEMORIA) El cine en la dictadura: luz, cámara y poca acción
(Por Fernando Delaiti, especial de DIB).- A los profundos cambios en materia política, económica y social que se sucedieron en el país a partir del último golpe cívico-militar, se puede sumar otro, el de la mirada de la industria cinematográfica, que con un cambio de temática “ayudó” a cierta distracción en la sociedad.

24/3/2015 | 14:12
(Por Fernando Delaiti, especial de DIB).- A los profundos cambios en materia política, económica y social que se sucedieron en el país a partir del último golpe cívico-militar, se puede sumar otro, el de la mirada de la industria cinematográfica, que con un cambio de temática “ayudó” a cierta distracción en la sociedad. Entre 1976 y 1983, hubo una serie de rupturas con las producciones de años anteriores, que se basaron principalmente en la “desaparición” del “cine militante”. Los documentales de Cine de Liberación y Cine de las Bases, o bien el ojo de directores como Fernando “Pino” Solanas (exiliado) o Pablo Szir (desaparecido) no tuvieron espacio a partir de la llegada al poder de los militares.

Si bien hubo una continuidad en la filmación de tipo picaresca que había comenzado con “Los caballeros de la cama redonda”, en 1973, la temática cambió centrándose en la distracción y alejándose de toda trama que plantee situaciones dramáticas o existenciales. Además, en todo momento se resaltaban los valores de la familia mientras que ocurre algo curioso con el rol de la juventud, que casi no tiene presencia en los 193 filmes que se estrenaron en esos años.

El periodista y escritor José Luis Visconti, autor del libro “El peligro está en los vivos”, cuenta que al analizar las películas de esos años lo que más le llamó la atención es que no había ninguna que hiciera directamente propaganda oficial de la dictadura. “Por ahí la más cercana a lo propagandístico puede ser “La fiesta de todos” (dirigida por Sergio Renán), que es la película del Mundial 1978. Había algunas disfrazadas pero llama la atención cómo queda invisibilizado el poder militar”, asegura Visconti, quien a su vez reconoce en muchas producciones una línea de argumentación similar: la reconstrucción de los lazos familiares y la minimización de la rebeldía juvenil. “Hay muchas películas que se filman en ambientes de encierros, en lugares de los que son difíciles salir. Incluso en comedias picarescas. Y si alguien sale es porque existe otro que se lo permite. Hay que relacionarlo con cómo estaba la sociedad en ese momento, sin mucha movilidad, retraída sobre lo privado, sobre la familia”, agrega el autor del libro que analiza las producciones de esa época.

El género cómico, masivo y popular, que llegaba a convocar a un millón de personas en las salas en algunos filmes, tenía al frente a dos grandes capocómicos: Jorge Porcel y Alberto Olmedo. Aunque también existió un cine humorístico juvenil destinado a toda la familia, con “Carlitos” Balá y Ramón “Palito” Ortega como estandartes. De hecho, el cantante de “La Felicidad”, con su productora Chango (algo similar a Aries de Héctor Olivera y Fernando Ayala), fue una de las más “favorecidas” por el Gobierno militar con subsidios. “El humor era picaresco, de doble sentido.

No había ‘comedias blancas’. Casi no se ven desnudos en esa época. Pero es raro, porque se permitían cosas que supuestamente se condenaban. Se muestra el adulterio como una instancia bastante normalizada dentro de la sociedad que en realidad la moral católica de las Fuerzas Armadas no aceptaba. La mujer era tomada como objeto”, afirma Visconti.

ÚNICO CAMINO

Una de las cuestiones que llama la atención en un análisis actual es cómo hacia 1976, con los militares en el poder, pudieron estrenarse algunas películas con un mensaje comprometido que habían sido filmadas meses anteriores. “Soñar, soñar”, de Leonardo Favio;

“Los muchachos de antes no usaban arsénico” de José Martínez Suárez; y “Piedra libre” de Leopoldo Torres Nilson son claros ejemplos. De hecho, estas últimas dos están preanunciando lo que viene, la violencia como anidada a la sociedad, la desaparición de gente, la apropiación de ciertos rasgos de identidad. Cuenta Adolfo Aristarain que cuando salió “Tiempo de revanchas” sabía que no se la iban a aprobar. Pero cuando logró dar ese paso, él filmó tomas que no estaban autorizadas. Luego mandó un montaje distinto, metió una escena donde no iba y eso logró confundir a las autoridades censoras. Como no la entendieron se la aprobaron, y el director luego la pasó como la quería pasar.

Pero, ¿había posibilidad de hacer otro cine? ¿Hubo producciones que esquivaban el mensaje que pretendían los militares? Poco, muy poco. Pero algunos directores lo intentaron. “Hay películas dignas. Sin necesidad de hacer referencia a lo que está pasando, son buenas. Una por ejemplo es “El fantástico mundo de la María Montiel”, escrita y dirigida por Zuhair Jury, hermano de Leonardo Favio. Otra es “Mis días con Verónica”, de Néstor Lescovich, que es un drama amoroso”, dice el escritor, y añade: “Era más fácil darle a los militares lo que iban a aprobar que pensar otra idea”.

Las películas juveniles, en tanto, buscaban mostrar una Argentina de pie ante el mundo en donde la familia, la Iglesia, la amistad y las fuerzas del orden debían ser lo primero. Pero no es un dato menor la ausencia de jóvenes en la filmaciones, Justamente, quienes ocupaban estos roles eran actores y actrices mayores como Graciela Alfano, “Palito” Ortega, Juan Carlos Calabró y hasta Balá. En realidad, hay una concepción de la juventud que queda como negada.

Finalmente, el libro también analiza las películas de acción que, de la mano de la saga de “Superagentes”, encontraron una gran respuesta del público. Las producciones de Tiburón, Delfín y Mojarrita establecían la defensa del territorio como una alerta constante ante villanos siempre provenientes del exterior. Además, en los siete filmes de Víctor Bo, Ricardo Bauleo y Julio De Grazia, Argentina es visualizada como tierra de paz y progreso. Todo un mensaje.

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