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Mis Bodas de Oro con Rojas
Por Adhelma Leonor Sarmiento de Cuestas.

17/1/2015 | 10:39


Una conocida letra tanguera dice “que 20 años no es nada”, pero 50…bueno, no sé si decir que es “poquito, muchito o nada”. ¡Claro, en definitiva, para mí es toda una vida! Llegué con hijos pequeños, mi marido estrenó la pediatría en esta ciudad, es más, estrenó el ejercer especialidades ya que cuando llegamos, todos los médicos hacían de todo.

Al principio vivimos en el ya desaparecido Hotel Miranda mientras mi marido atendía el consultorio en calle Gral Paz al 400 y pico; luego alquilamos durante 7 años la casa de la esquina de Gral Paz y Juan G.Muñoz, frente a la hoy desaparecida La Gloria, despensa de don Rufino González fundada en 1917, según rezaba un enorme letrero que acaba de ser quitado, apenando a los nostálgicos que amamos la historia pueblerina, esquina de la que también leímos en una vieja propaganda: “Una esquina clásica para todas las amas de casa de la ciudad”. Eran tiempos en los que no existían los super ni los hiper, mercados que se llevan toda la plata fuera de Rojas ¿o no?

De alli, en 1972 pasamos a nuestra casa propia, casa y barrio sobre los que en 1992 publiqué una nota en El Diario, nota que aparece completa en mi libro “El camino andado”. De paso, aprovecho para recomendar la lectura del libro, ya que en él también podrán encontrar anécdotas reminiscentes de Rojas.

Pero volviendo al principio, desde aquel cálido enero de 1965 en que desde Rosario llegamos a Rojas en busca de un nuevo horizonte, hasta este enero del 2015 con notorios cambios climáticos, sucedieron cambios de usos y costumbres de toda laya, y que habitualmente resumimos en la clásica frase ¡cómo cambió el mundo!

Sí, es cierto, cambió el mundo, cambió Rojas, nada que ver aquel con este de ahora. Y aquí estamos, con pocos vecinos de los de antes en el barrio, con caras nuevas que poco y nada conocemos, con ausencias definitivas que seguimos extrañando –¡ni hablar la de mi amado Héctor!- pero también la de viejos vecinos muy queridos, entre ellos Ñata Caballini, el matrimonio Guevara, etc, etc.

Resultaría largo y extenso para una nota periodística contar anécdotas y “sucedimientos” (como decía mi marido) de estos 50 años transcurridos en Rojas, ciudad que antes de venir sólo conocíamos de nombre. Obviaré entonces detalles a fin de destacar hechos muy importantes acaecidos en la comunidad, y que justamente coincidieron con nuestra llegada. Me refiero a nacimientos, pero no de niños, sino de dos señeras instituciones que Rojas puede seguir mostrando con orgullo.

Ambas nacieron casi a fines de 1965, y por esas cosas raras del destino, ambas han tenido gran significación en nuestra vida: el SOLAR FELIZ por un lado, y el CECIR por el otro.

¡Qué decir de una y otra sin que me queden cosas en el tintero! Así que abrevio y cuento. Recuerdo muy bien el día que se apersonó a nuestra casa la señora de Ferrero –acababa de ser designada directora del Centro Complementario- para ofrecerle a mi marido el cargo de médico en ese hasta entonces desconocido espacio, al que concurrirían chicos provenientes de hogares con escasos recursos, chicos a los que sería necesario atender con mucho afecto y dedicación por parte de todo el personal. La charla abundó en detalles, incluído el de ponerle un nombre a la institución, y finalmente Héctor aceptó ese cargo que ejerció durante casi 11 años, hasta que en 1976 la dictadura militar decidió su traslado a un establecimiento similar en Junín, hecho que determinó su renuncia. Pero volvamos atrás, al momento de elegirle nombre al Centro Complementario: entre el personal se barajaron nombres de héroes (sin desmerecerlos, pero de los que tanto abundan en nuestras escuelas), así que entre Héctor y yo propusimos el de Solar Feliz, nombre que finalmente ganó la votación entre todos los propuestos.

Hoy, nostalgiosa, rescato fragmento de esta carta hecha llegar a mi marido al momento de jubilarse: (…) Fue en el “Solar Feliz”, cuando lo veía atender con tanto amor, paciencia y comprensión a ese ramillete de pequeños que diariamente hacían una larga cola para recibir sus palabras, sus caricias y sus curas milagrosas, aunque fueran con una rosa ¿se acuerda? (…) Como ex -directora de ese lugar tan querido, mi más sincero reconocimiento por su total entrega y por las palabras y consejos que tantas veces me brindó. (Rita Leonetti- 27-10- 1996)

Y también hoy, yo agrego: ramillete de niños que solían poblar nuestra sala de espera, trayendo hermanitos, primos, vecinitos, y que a mi me hacía decirte: -Héctor, hoy el consultorio es la sucursal del Solar Feliz-.

¡Solar Feliz! “Todo está guardado en mi memoria”, incluso nombres de chicos que al crecer, y hasta hoy, forman parte de mi mundo afectivo: María Balerio, (“no sé si esa rubiecita es cara con moco o moco con cara”, decía cariñosamente Héctor), las mellizas Pérez-Campos: Amalia y Sandra, además de su otra hermana, Ita, una galleguita de asombrados y enormes ojos, enmarcados por enrulado cabello negro que la asemejaban a una gitanita, también la inimaginable escritora, y hoy en día hasta actriz, Marisa Llamazares, y tantos otros….

¡Huy, huy, no puedo con mi genio ni con mi poca capacidad para abreviar!, así que vamos hasta el CECIR ¿me acompañan? Nos hicimos socios en cuantito se inauguró, casi a fines del 65, y concurrimos durante 20 años a ese lugar privilegiado y cuidado amorosamente por un hombre al que considero un héroe olvidado por los rojenses: Ramón Arechaga. En efecto, en el recuerdo veo a Ramón hechando veneno a las hormigas que comían despiadadamente las hermosas pero aún pequeñas plantas que rodeaban la pileta grande. Lo veo regarlas, podarlas en su momento, cuidar que en los vestuarios todo estuviera en orden, hacer vaciar las piletas cuando correspondía o vigilar que no les faltara el cloro, ¡y ni hablar la limpieza casi diaria de la piletita de niños! ya que en ella solía abundar el pichí que los chiquitos no sabían contener.

También veo en el Cecir a don Mangione, que con extraordinaria paciencia se empeñaba en enseñar a nadar a las patas duras, entre las que me incluyo. Y su frase emblemática: “cuando uno está apurado por llegar al otro extremo de la pileta, es cuando más despacio hay que andar en el agua”.

Pero, lamentablemente, no todos los recuerdos del Cecir son color de rosa: uno, lejano en el tiempo, provocó nuestra decisión de no concurrir más al Campo recreativo: fue cuando un vecino molesto por un árbol que cayó en una tormenta, logró que alguien, creo que del municipio, cortara los 33 cipreses que bordeaban con su sombra protectora el costado sur del predio. ¡Lloré como loca cuando ví caídos, derrotados, muertos, esos hermosos ejemplares!, ejemplares que a pesar de la promesa de reponerlos, hasta hoy brillan por su ausencia. En su momento publiqué notas sobre este hecho que consideré vandálico. ¿Respuestas? Ninguna.

Y la otra pena: durante un largo tiempo, al pasar por la ruta rumbo a Pergamino y mirar raudamente la arcada de ingreso al Cecir, sólo estaba escrito Club Argentino. Yo pensaba: ¡qué pena sentiría Ramón Arechaga si viera que el fruto de su esfuerzo terminó en otras manos! Bueno, llegado a este punto aclaro: no estoy en contra de la fusión de clubes o instituciones que la realidad determina que deban unirse para seguir adelante; es más, allá lejos y hace tiempo – cuando aún no existía ninguna fusión- también publiqué una nota con sugerencias sobre el tema. Lo que quiero decir con este comentario, es que siempre debería figurar prioritariamente el nombre de la institución madre, en este caso: CECIR. (Hace mucho que no miro, tal vez ahora figure, y en ese caso me disculpo)

Bueno, es hora de poner el punto final aunque queda en el tintero mucho más de lo escrito. Reitero entonces algo que en alguna oportunidad he expresado: La vida es un permanente rotar de las horas, con sus negros y sus blancos, y sólo de nosotros depende encontrar el momento de levantar una copa para un simbólico brindis de agradecimiento a la vida, más allá de los dolores, porque ellos también son parte de la vida.

¡¡¡Salud Rojas, por nuestras Bodas de Oro!!!

Adhelma Leonor Sarmiento de Cuestas

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